YPF Fantasma.
Aferrás el volante con los dedos entumecidos mientras las ráfagas del viento sur te hamacan el acoplado. Es tu primer viaje sola en la 40. Sabés lo que dicen en los paradores: que la ruta es pesada, que una piba no va a aguantar el desierto. Por eso, cuando divisás los focos amarillos de esa YPF vieja metida en la nada, decidís parar. No vas a darles el gusto de verte volcar por el cansancio.
Estacionás el monstruo de dieciocho ruedas. Al bajarte, el viento te corta la cara. Entrás al parador buscando un café negro para entibiar el cuerpo. El lugar huele a humedad vieja, a óxido. Hay tres tipos sentados al fondo; te clavan la mirada en silencio. Sentís la tensión típica, ese recelo machista del ambiente hacia la novata. Les sostenés la mirada, firme, y te sentás en la barra. Nadie habla. El silencio es tan espeso que casi tapa el chiflido del viento afuera.
El playero te atiende sin ganas, con un mameluco azul gastado. Tiene los ojos hundidos, fijos en tu campera térmica moderna. Pensás que te está juzgando, midiendo tu autoridad.
—Lleno de diésel —le decís con voz de mando, plantándote.
Cuando el tipo vuelve, apoyás el celular sobre el mostrador mugriento. —Te pago con transferencia. Mostrame el QR o pasame el alias.
El playero no se mueve. Mira la pantalla brillante del teléfono con una mezcla de extrañeza y desprecio. Los tres hombres del fondo se levantan despacio, rodeándote con la mirada fija, pesada. Sentís el peligro en la nuca; jurás que van a atacarte por meterte en su territorio.
—¿Qué es esa porquería? —dice el playero con una voz seca, rasposa—. Yo nunca nesecité una calculadora para saber cuanto tengo que cobrar, flaca. Son cincuenta y dos mil australes. O dejás las llaves del camión.
¿Australes? El cerebro te hace un cortocircuito. Mirás los billetes que saca de la caja: tienen la cara de Alfonsín. El pánico te hace reaccionar más rápido que el orgullo. Agarrás el teléfono, salís al viento y te subís a la cabina de un salto. Arrancás el camión haciendo gemir la caja de cambios mientras los ves quedarse parados bajo la luz amarilla, congelados en el playón.
Diez kilómetros más adelante, le cruzás el camión al puesto de Gendarmería. Te bajás temblando, buscando protección contra los tipos que te querían linchar o estafar. El gendarme te recibe el documento, te ceba un mate y te escucha en silencio mientras le señalás la ruta hacia atrás.
Cuando terminás, el tipo te mira con una lástima que te hiela la sangre. —Ahí atrás no hay ninguna YPF, piba. La única que había voló por el aire en el 89, cuando se incendió un camión cisterna. No quedó ni el playero.-



Impecable. Los australes me hicieron temblar!!!! Leí YPF y no se porque, pense en mis viajes de ruta largos buscando una a esas altas horas.
Por eso no se puede conducir de noche🫣