Tacto.
Cuando llegaste a la casa todo fue alegría y emoción. El pequeño Tomás abrió los ojos como un búho, vestía un pijama de Batman y te bautizó Robin. Te pareció bien; a partir de ese día ese fue tu nombre. Seamos sinceros: ¿quién se podría negar a esos ojos brillosos? Se te asignaron tus quehaceres: lavar los platos, ordenar la ropa, limpiar; lo básico de un servicio doméstico. También te dieron un lugar para estar cuando no te necesitaban, un rincón pequeño, pero la casa tampoco era una gran mansión.
Te contrató una artista de porcelana y telares para ayudar con la casa; tiene un gran pedido para un museo importante, el cual le daría un gran salto en su carrera, y no da abasto con las tareas hogareñas, así que también te asignaron el cuidado del pequeño Tomás.
Y así, a la mañana siguiente, tu primer día empezó temprano: preparaste un rico desayuno con tostadas y jugo para el nene, y café negro solo para la madre, que más tarde lo tomaría en su improvisado taller en una de las habitaciones. En la casa no faltaba cariño, pero un caos de telas, hilos y extraños jarrones inundaba la vivienda, sumado a los juguetes del chico. Realmente tu presencia era necesaria.
Con el correr de los días tu rutina se volvió casi automática: preparabas el desayuno, la madre llevaba al niño al colegio, volvía apurada y se internaba en el pequeño taller. Vos te encargabas de las tareas hogareñas; acomodabas la casa con extremo cuidado entre los enormes telares para que los hilos no se te enredaran en las piernas y no terminaras rompiendo algún jarrón. La señora de la casa no salía de su habitación hasta que le recordabas que ya era hora de ir a buscar a Tomás al colegio. Volvían, les preparabas una merienda y ella se volvía a encerrar tras darle un afectuoso beso al nene. El chico se quedaba con vos en el living dibujando o con el celu hasta que llegaba la hora de la cena.
—¡Terminé el primero! ¡Vení, Tomi! —gritó la artista desde el taller.
El niño corrió y desde la habitación te llamó:
—¡Mirá, Robin, vos también!
Llegaste al lugar y viste cómo el pequeño hundía su cara entre los hermosos hilos que dibujaban fantásticos patrones, tan complejos que por momentos te hicieron perder el equilibrio.
—¿Es suave, verdad, Robin? —te preguntó el crío.
Apoyaste tu mano y no supiste qué decir. Por suerte, te interrumpió el burbujeo de la cafetera italiana en la cocina.
—Voy por el café —dijiste.
El clima era de alegría, así que la señora tomó el café en la barra de la cocina para tomarse un descanso, mientras Tomás tomaba un jugo a su lado. Te pidieron juntar las sábanas y la ropa sucia para lavar. Fuiste primero al cuarto del pequeño: un típico lugar que, aunque ya habías ordenado miles de veces desde que estabas en esa casa, siempre parecía como si nunca hubieras entrado. Juguetes tirados por el piso, la cama deshecha, el caos habitual.
El cuarto de la madre no distaba mucho del otro; parecía que un terremoto constante sucediera en ese lugar. Grandes y pesados edredones a medio caer de la enorme cama, telas y más telas por todos lados. Pero le restaste importancia y juntaste las sábanas para llevarlas a lavar. De camino al lavadero, te pidieron si podías regar las pobres plantas que suplicaban por agua en el pequeño patio trasero.
Una vez que la ropa estuvo girando y haciendo espuma en el lavarropas, te dirigiste al patio a regar. Las plantas estaban acomodadas en decoradas macetas de cerámica que la señora seguramente había moldeado. Te encargaste de que todas recibieran su chorro con la manguera, cuando de pronto la dueña de casa se puso a tu lado. Vestía un amplio poncho tejido y sostenía una taza de café humeante entre las manos.
—Pobrecitas —dijo resoplando por el frío—, casi no me queda tiempo para cuidarlas. ¿No tenés un poco de frío?
—No, no tengo —contestaste.
—Bueno, yo soy re friolenta —se rio, ajustándose el tejido sobre los hombros—. Me voy a seguir trabajando.
Te dejó solo con tus quehaceres y volvió apurada al taller, como siempre.
Para la segunda semana el taller ya no olía a lana, sino a tierra húmeda y arcilla fresca. El pedido del museo entraba en su fase final con las piezas de cerámica. Tomás demandaba más atención que nunca y la madre ya no abría la puerta del taller ni para almorzar.
Fue al tercer día del moldeo cuando ocurrió. Preparabas la leche de la tarde en la cocina. Escuchaste el chasquido del metal hirviendo, pero tus dedos tardaron en registrar la advertencia del termostato interno. Levantaste el jarro de aluminio directamente de la hornalla encendida.
Tomás, que esperaba sentado en la mesa con los lápices de colores, abrió los ojos como esa primera mañana. Miró tus dedos apretando el metal al rojo vivo. No hubo humo, no hubo grito, ni un solo rasguño en tu piel. Solo el líquido humeante sirviéndose en su taza de Batman.
—Robin... —murmuró el nene, dejando caer el lápiz—. ¿No te quema?
—No, para nada. Tomala, que se va a enfriar.
Esa noche, en tu lugar de descanso, te quedaste mirando tus manos. La pregunta del pequeño te rebotaba en la cabeza una y otra vez: ¿No te quema? ¿Tantos años de trabajo pesado y quehaceres te habían hecho inmune al calor? Pasaste las yemas de los dedos por las palmas. No había ampollas. Solo una dureza lisa, áspera e indescifrable que parecía envolverte los brazos como una funda permanente.
Al día siguiente le llevaste a la madre una taza de café recién hecho y un sándwich en un plato de loza. Cuando abriste la puerta del taller, la encontraste inclinada sobre el torno.
Te quedaste inmóvil en el umbral.
Sus manos estaban cubiertas de arcilla fresca, gris y húmeda. Con los pulgares abiertos, la mujer presionaba el barro giratorio, moldeando el cuello de un jarrón con una delicadeza absoluta. Veías cómo la masa cedía ante el calor de su piel, cómo sus huellas dactilares quedaban marcadas en la superficie blanda antes de borrarse con un soplo de agua. Para ella era puro instinto; para vos, una magia incomprensible.
Apoyaste la bandeja en la mesa sin hacer ruido. Te miraste las palmas de las manos: lisas, secas, incapaces de dejar una marca o de sentir la humedad de la tierra.
—Dejalo ahí, Robin, gracias —dijo ella sin levantar la vista, concentrada en el borde de la pieza.
Antes de retirarte, estiraste un dedo hacia la bandeja del torno. Rozaste el barro húmedo que giraba. No registraste el frío de la arcilla ni la fricción del agua; solo las revoluciones del motor.
Miraste tu mano. La piel quedó limpia, intacta, sin una sola mancha de barro pegada a los poros. Como si nunca hubieras tocado nada.
Cerraste la puerta del taller y avanzaste por el pasillo. De pronto, el pequeño Tomás apareció a toda velocidad en su monopatín, vistiendo el infaltable pijama de Batman. No llegó a frenar y chocó de lleno contra una de tus piernas. El impacto fue seco, como embestir una columna.
—¿Estás bien, Robin? —te preguntó con lágrimas en los ojos por el golpe.
—Sí, Tomás, no llores —dijiste, acariciándole la cabellera.
El niño rió y siguió con su aventura.
Ese gesto fue instantáneo, sin pensarlo. Tu mano se movió sola para consolarlo, pero mientras el chico se alejaba, te quedaste mirando tus dedos rígidos: no habías sentido el calor de su cabeza, ni la textura de su pelo, ni la presión de la caricia. Solo el vacío de siempre.
La casa quedó a oscuras. El taller olía a barro seco y, en las habitaciones, la madre y el nene dormían. Interrumpiste tu tiempo de descanso y te dirigiste al taller sin hacer ruido. Te acercaste a la mesa, colocaste una pieza de cerámica dura y encendiste el torno.
El motor empezó a zumbar en la penumbra.
Acercaste tus manos al plato giratorio. Miraste los dedos: secos, rígidos, cubiertos por esa piel gruesa que parecía un guante ajeno, una coraza que te aislaba de la vida. Te inclinaste sobre la máquina y rozaste el borde de la cerámica en movimiento directo contra la yema del índice.
No hubo sensación. No hubo nada. Solo el chillido del barro raspando contra una superficie lisa y dura. Apretaste con más fuerza. Hundiste el dedo buscando atravesar esa especie de guante de cuero viejo para llegar a la carne. Pero la coraza era infinita. No había un adentro que buscar.
Apagaste la máquina. Dejaste la habitación y te dirigiste a la cocina a paso firme. Abriste el cajón, sacaste la cuchilla más afilada y la clavaste en el centro de tu propia mano. Querías llegar abajo, encontrar lo que había adentro, lo que la madre y el nene tenían y a vos se te negaba: la tibieza, el tirón del nervio, la capacidad de temblar con el frío o la suavidad. El borde afilado chilló contra la piel del dedo, desprendiendo una viruta fina y seca, pero no brotó ni una sola gota. Hundiste el filo como si quisieras rasgar un guante de cuero viejo para llegar a la carne.
Pero la coraza era infinita.
Raspaste más profundo y solo encontraste más de lo mismo: masa lisa, superficie dura, un bloque compacto que no conducía al calor ni a la vida. No había fondo. No había un adentro que buscar. Eras todo borde, una cáscara que llegaba hasta el centro.
Encendiste el horno y trabajaste toda la noche.
La mañana siguiente serviste el desayuno como siempre. Alcanzaste el plato de panqueques a Tomás. El nene te agarró la mano antes de soltarla.
—Qué suaves que están, Robin —dijo, apretándote los dedos.
No sentiste el calor de su piel. No sentiste la presión de sus deditos. Pero Tomás sí. Y por primera vez, eso alcanzó.
Tomás soltó tu mano y corrió a la mesa. Te quedaste mirando tus palmas. La suavidad que habías moldeado toda la noche sobre tus propias virutas seguía ahí. Intacta. Perfecta.
La madre apareció detrás de vos con su taza de café.
—Gracias, Robin —dijo, rozándote el hombro al pasar.
No sentiste nada.
Pero algo en tu programación lo registró como suficiente.-



Me gusta como haces que tus relatos me incluyan! Cada vez que te leo entro al cuento, no como observadora, como personaje. Estoy ahí mirandome las manos, intentando registrar mi propio tacto. La otra vez con el de la YPF me senti acorralada por los hombres que se amontonaban alrededor de la pantalla y su brillo. Faaaa ojos, te adoro!!!!
Fascinante con un final inesperado