La parada.
El asfalto y la rutina se miden en planillas, pero a veces el conurbano esconde misterios que ni el producto más fuerte del mercado puede limpiar.
Alberto es chofer de la línea 293 hace veinticinco años; los últimos diez hace el mismo recorrido desde la estación de tren hasta el barrio El Dorado, ida y vuelta. Un día, pasó por la puerta del cementerio de Avellaneda. El colectivo estaba completo y la unidad, templada, pero al detenerse en la parada de la necrópolis sintió que el aire se espesaba y rozaba su hombro derecho. No le dio mucha importancia y siguió su curso. Llegó a destino, bajaron los últimos pasajeros y él descendió a entregar la planilla al inspector, tomar unos mates y estirar el cuerpo. Faltaba el regreso y listo por hoy.
El trayecto de vuelta era el mismo pero invertido, así que tuvo que parar enfrente de la puerta del camposanto. Otra vez sintió ese aire espeso en el hombro; esta vez sí lo perturbó durante unas cuadras. El resto del viaje sucedió con total normalidad: gente que subía y bajaba, algún vendedor ambulante, un día laboral común y corriente. Exactamente a las cinco de la tarde llegó a la estación de trenes y apagó el motor. Cuando iba a bajar a llevar la planilla, notó a una persona en el último asiento de la fila individual. Es común que los laburantes sean vencidos por el cansancio, así que Alberto gritó desde la escalera delantera:
—¡Ey, terminó el recorrido!
Nada. La figura, que vestía un camperón negro con la capucha puesta, no reaccionó. Gritó un poco más fuerte:
—Llegamos, amigo.
Nada, solo se escuchaba un leve ronquido. Un borracho, pensó el chofer, y empezó a caminar hacia el fondo.
Mientras se acercaba, lo que parecían ronquidos empezaron a sonar como gruñidos de perro rabioso. El chofer se detuvo en seco justo en la puerta del medio, petrificado por un horror visceral. Los gruñidos aumentaban gradualmente. Logró juntar valor, atinó a amenazar con llamar a la policía y bajó corriendo.
—¡Ayudame, Cacho, hay un loco arriba! —le gritó al mecánico de la línea, que subió con una llave grande con la que ajustaba otra unidad. El mecánico entró primero, envalentonado, y Alberto atras.
—Beto, acá no hay nadie. Seguro se fue por atrás, pero el hijo de su madre te dejó un regalo.
—¿Qué cosa? —preguntó Alberto, todavía con las pulsaciones a mil.
—Dale, Cacho, no seas infantil.
Lo que vieron ambos hombres en un silencio sepulcral fue una mancha negra, como de aceite y brea, grabada en el asiento del extraño. Dicen que lavaron ese tapizado con cuanto producto hubo en el mercado, pero no se quita. Dicen también que el dueño de la empresa tuvo que llamar a un cura para que bendijera el colectivo; nadie podía sentarse en ese sector porque un horror indescriptible les erizaba los pelos de la nuca, y los niños lloraban por el solo hecho de estar cerca del asiento donde viajó el extraño.-



Hay que terminar el turno sin revisar el autobús 😵
Nota mental: no tomarme el 293, nunca! Muy bueno!!!!! 👏👏👏