Highjump. | Final.
El olor a ceniza química y vinagre todavía flotaba espeso en el galpón. Miraste la mochila, después a Walter, que seguía frotándose el hollín de los brazos con la respiración pesada de quien acaba de ver al diablo y casi se le quema la casa.
Agarraste la libreta militar, esa que tenías catalogada como “basura” hacía un par de horas frente a cien mil suscriptores. Las yemas de tus dedos, todavía manchadas de óxido, repasaron las coordenadas escritas con tinta gastada en 1947.
De repente, el celular que habías dejado tirado en el bolsillo del camperón vibró. Un latido seco. Corto.
Lo sacaste despacio. La pantalla iluminó el taller a oscuras con un mensaje nuevo de WhatsApp Web, otra vez en texto gris, otra vez de Antarktikos:
“Te dije que no la abrieras. El celuloide arde, pero la verdad no. El almirante Byrd nunca regresó del todo, y lo que despertaron en el hielo ya no está solo en el sur. Tenés las coordenadas en la libreta. Si hacés un stream más, te van a encontrar ellos.”
Walter se acercó por detrás, espiando la pantalla por encima de tu hombro. Se acomodó los anteojos, negando lentamente con la cabeza.
—Dejá esa porquería acá, nena. Tirala a la basura, quemala con los diarios, me importa un carajo —dijo, señalando la libreta con un dedo tembloroso—. Vos jugás a asustarte por likes, pero la gente que tapó esto no tiene canal de Twitch. Te van a borrar del mapa.
Miraste tu celular. La aplicación de Instagram te mostraba tres notificaciones nuevas; el algoritmo suplicaba que volvieras a entrar, que alimentaras la máquina, que mostraras la cara iluminada por los leds rosas de tu pieza. Pensaste en el círculo de sombra perfecta destruyendo un avión sin hacer ruido. Pensaste en los búnkeres de hormigón en medio de la Antártida. Y te diste cuenta de algo: la caja misteriosa de la deep web no era un regalo por tus 100 mil suscriptores; era un reclutamiento. Antarktikos no te estaba regalando contenido, te estaba pasando la posta.
Apretaste los dientes. Tu pulgar se movió sobre la pantalla, pero no para abrir las redes sociales. Mantuviste presionado el botón lateral hasta que el logo del teléfono parpadeó y la pantalla se fundió a negro. Muerto. Desconectado.
—No voy a volver a prender la cámara, Walter —dijiste, con una voz tan fría que ni vos misma la reconociste.
Guardaste la libreta militar en el bolsillo interno del camperón y te colgaste la mochila al hombro. Las uñas esculpidas, ahora astilladas y llenas de mugre, agarraron las llaves del auto con firmeza.
Saliste del taller hacia la llovizna densa de la madrugada porteña. El asfalto mojado brillaba bajo los postes de luz parpadeantes. Abriste la puerta del auto, tiraste la mochila en el asiento del acompañante y pusiste primera. Ya no eras la streamer buscando dopamina en un chat vacío; ahora eras un fantasma más en el bosque profundo, manejando en silencio hacia las coordenadas que dejó un piloto muerto hace ochenta años, lista para dar el verdadero alto salto.-



NOOOOOOOOOOOOO 😱😱😭😭
Me voy a quedar así para siempre ¿verdad? Tendré que imaginarme cómo continúa... ¿Por qué?
Llevanos al Bosque Profundo con la streamer de uñas astilladas, quiero saber qué pasa.
Y después del drama... Me ha encantado, ya lo sabes 👏🏻👏🏻