HIGHJUMP.
Capitulo uno | La lata.
La Luna entre las nubes de lluvia en lo más alto apenas iluminaba el bosque por donde escapabas. Habías perdido uno de los zapatos y el pie descalzo dificultaba tu huida. A lo lejos apenas se escuchaban los gritos de tus perseguidores.
Aprovechaste para recuperar un poco de aire sobre el tronco de un árbol, miraste hacia atrás para confirmar la distancia y sentiste un dolor punzante en el estómago. La daga de tu difunto padre era clavada por tu madrastra.
—Te dije que no fueras al baile, maldita —mientras se te iba la vida, viste cómo tu hermana te quitaba el zapato de cristal que todavía tenías en el pie.
OOOOH, ¡QUÉ FINAL, CHAT!
F en el chat, por la Cenicienta.
Y ahora sí, sin más vueltas, vamos a ver qué hay en la caja misteriosa que gracias a un suscriptor me ayudó a comprar en la deep web. ¡Qué nervios!
Sacaste de abajo del setup una caja.
—Pesa, chicos, eh —comentaste.
La cámara web enfocó las manos con uñas esculpidas de la youtuber batallando con la cinta de embalar de la caja, iluminada por las luces led rosas titilando. Al lado del teclado había un muñeco funko de Ghost Face y tres labiales de canje. Clavaste la tijera, rompiendo el cartón, y la pantalla se llenó de polvo viejo.
—¡Ay, qué olor a humedad, chat, no se dan una idea! —dijiste frente al micrófono, tosiendo un poco—. A ver qué vino... Bueno, acá hay una libreta.
La abriste y había anotaciones en puño y letra sobre hojas ya amarillentas.
—¿A ver qué más hay? Una libreta... otro y otro. Son todos diarios —soltaste con una mezcla de sorpresa, resignación y fastidio—. Son todos diarios viejos. Eran todos diarios de El Mercurio de 1947. Bro, le compré la basura a alguien —dijiste a cámara—. Bueno, este era mi regalo por los 100 mil suscriptores.
La caja no había salido nada barata, pero tenías que mantener entretenido a tu público y esto de las cajas misteriosas estaba de moda.
—Bueno, chat, hasta acá el vivo de hoy. No se olviden de suscribirse, compartir y toda la bola —dijiste con la frustración ya a punto de explotar—. Bie.
Apagaste la cámara, te pusiste un peluche en la boca y gritaste hasta quedarte sin aire.
Le pegaste desde la silla una patada a la caja que todavía estaba en el escritorio frente a la cámara y esta cayó al suelo desparramando todos los diarios y algo más.
Entre las hojas resecas de El Mercurio que cubrían el piso flotante, rebotó un objeto pesado, metálico, con un golpe sordo que no sonó a basura. Una lata cilíndrica de 35mm, obturada con cinta militar ya cristalizada por los años. En la tapa, raspado a punta de clavo sobre el óxido gris, se leía una sola palabra en mayúsculas: HIGHJUMP.
La streamer ni lo vio. Se tiró en la cama a scrollear el feed de Instagram en silencio, buscando que el algoritmo le devolviera la dopamina que el vivo de Twitch le había negado.
El silencio en la habitación era espeso, solo interrumpido por el zumbido de los coolers de la PC y el tintineo mecánico de los leds rosas que seguían parpadeando, ajenos a la frustración de la piba. En la pantalla del celular, los reels pasaban uno tras otro: transiciones perfectas, coreografías de TikTok, memes de gatitos. Ruido blanco para anestesiar el fracaso del stream.
Abajo, en la penumbra del piso, la lata de metal oxidado descansaba entre las noticias chilenas de la posguerra. El Mercurio, mayo de 1947: titulares sobre la inflación, la Guerra Fría que empezaba a asomar, y avisos de tónicos para la salud. Y ahí, semienterrada, la palabra HIGHJUMP parecía absorber la poca luz que quedaba en el cuarto.
Pasaron veinte minutos. El dolor de cabeza por el grito ahogado en el peluche empezó a ceder. Bloqueaste el teléfono, lo tiraste sobre las sábanas y suspiraste con pesadez, mirando al techo.
—Qué manera de juntar mugre, por favor —murmuraste, bajando de la cama con los pies descalzos.
Te agachaste para empezar a levantar el desastre antes de que el olor a humedad le tomara toda la pieza. Agarraste un pilón de diarios viejos, que crujieron como hojas secas en otoño, y fue ahí cuando tu mano rozó el metal frío.
Frunciste el ceño. Dejaste los papeles a un lado y tomaste la lata. Pesaba bastante más de lo que sugería su tamaño. Con la uña esculpida raspaste la superficie áspera donde el óxido gris se había comido la pintura original.
—¿High... jump? —leíste en voz alta, arrastrando las sílabas con acento porteño—. ¿Alto salto? ¿Qué es esto, un juego de la Play 1?
Te sentaste en el suelo, cruzando las piernas. La cinta militar que sellaba los bordes estaba tan reseca que parecía plástico quemado; se resquebrajaba al menor contacto. Dejaste la lata sobre tus rodillas y estirándote agarraste la libreta amarillenta que había quedado sobre la silla del setup. La abriste al azar, buscando alguna relación.
Las anotaciones a mano, con una caligrafía apurada y rígida, militar, empezaron a cobrar otro sentido. No eran finanzas ni un diario íntimo. Eran coordenadas. Fechas: enero de 1947. Febrero de 1947. Y una frase subrayada tres veces con tinta negra ya gastada:
“El almirante Byrd insiste en abortar. Los 3 pilotos del hidroavión están muertos. Regresar a Santiago.”
Se te heló la sangre. El aburrimiento y la bronca del stream se evaporaron en un segundo, reemplazados por esa adrenalina fría que solo da la curiosidad genuina. Se te vino a la mente el suscriptor de la deep web, el que te había guiado textualmente a esa subasta silenciosa bajo el pseudónimo de Antarktikos.
Miraste la lata. Miraste tus uñas esculpidas. Miraste la tijera que todavía estaba sobre el escritorio.
Sabías que si abrías esa lata de 35mm al aire libre, sin saber el estado del film, podías arriesgarte a arruinarlo. Pero la tentación de sostener esa cinta contra la luz rosa de tu setup era más fuerte que cualquier manual de archivo histórico.
Metiste la punta de la tijera por el borde de la lata. La cinta reseca saltó en pedazos, crujiendo como cáscara de huevo. El olor que salió de adentro no era solo a humedad; era un tufo químico, rancio, a vinagre y azufre, el típico hedor del celuloide viejo que se está pudriendo en su propio encierro.
Tiraste de la tapa oxidada hacia arriba haciendo fuerza con las muñecas. Cedió con un quejido metálico áspero que rompió el silencio de la pieza.
Adentro, el rollo de película estaba intacto, apretado sobre sí mismo. Un film de nitrato grisáceo, pesado. Con un cuidado que no sabías de dónde sacaste, evitando quebrar la cinta con las uñas esculpidas, tomaste el extremo del celuloide y lo estiraste unos centímetros hacia arriba, apuntando directo al tubo de luz led rosa que enmarcaba tu escritorio.
Miraste a través del plástico.
Los fotogramas transparentes empezaron a pasar frente a tus ojos iluminados por el brillo neón. Al principio, solo estática, rayas negras y manchas de revelado apurado. Después, la imagen se estabilizó en un paisaje plano, blanco, infinito, filmado desde el aire.
Se alcanzaba a distinguir la silueta de un barco enorme abriéndose paso entre los bloques de hielo, dejando una estela negra en el agua gris.
—Tengo que digitalizar esto —dijiste en voz alta, y tu propia voz te sonó extraña en el vacío de la pieza.
Te quedaste estática en el piso, sosteniendo la tira de película con las manos temblando. El cooler de la PC tiró una ráfaga de aire tibio que te rozó la nuca. El teléfono, tirado boca arriba sobre las sábanas, vibró con el sonido sordo de una nueva notificación de Instagram, pero ya no te importó. La pantalla de los reels perfectos parecía un juguete estúpido comparada con el peso muerto de ese metal que tenías entre las manos.
Te sentaste frente a la computadora. Tus dedos, todavía con las uñas esculpidas salpicadas de polvo de óxido, volaron sobre el teclado. El reflejo de la pantalla en blanco iluminó tus ojos desorbitados mientras abrías el buscador. Buscaste información sobre lo que había en esa lata mientras leías de reojo la libreta.
Te quedaste mirando el cursor titilando en la pantalla negra del navegador seguro. El zumbido del cooler parecía más fuerte que antes. Pasaron dos minutos que se sintieron como el invierno antártico, hasta que un sonido seco brotó de los parlantes. Un WhatsApp Web de Antarktikos apareció en la pantalla en una sola línea de texto gris:
“No abras la película. El nitrato de esa época es altamente inflamable; un chispazo del setup y te quemás la cara. Buscá un escáner de cama plana viejo, de los que tienen adaptador para negativos de formato grande, y vas a ver qué pasó en realidad en la Antártida.”
Miraste la lata en el piso. Miraste las luces rosas. De golpe, la comodidad de tu pieza de streamer empezó a sentirse tan expuesta como una ladera helada a cuatro mil metros de altura.
—¡Walter, claro! —exclamaste.
Recordaste que tu editor era coleccionista de cine antiguo. Recogiste el celu, buscaste a Wally en tus contactos y escribiste: “En 5 por tu casa” con un emoji de corazón. No esperaste respuesta. Ya tenías puestas las zapatillas, la misteriosa película en la mochila y las llaves del auto en la mano.
Saliste al palier casi sin respirar, manoteando la puerta del ascensor como si el pasillo del edificio se hubiera vuelto de golpe un pasadizo helado. Subirse al auto fue puro automatismo. Pusiste la mochila en el asiento del acompañante, cuidando que la lata no golpeara contra nada, y metiste primera clavando la mirada en el parabrisas. Las calles de Avellaneda pasaban mudas del otro lado del vidrio, deformadas por las primeras gotas de una llovizna densa que empezaba a opacar el asfalto.
Manejabas esquivando baches y mirando de reojo el espejo retrovisor cada dos cuadras. La paranoia es un bicho rápido: hacía media hora estabas llorando por un directo frustrado frente a cien mil fantasmas de silicio, y ahora sentías el peso de una persecución invisible, real, metida adentro de la lona de tu mochila.
Frenaste de golpe frente al portón de chapa gastada del viejo taller de Boedo donde Walter acumulaba sus reliquias analógicas. Apagaste el motor, agarraste la mochila contra el pecho y bajaste corriendo bajo el agua. Tocaste el timbre tres veces, fuerte, haciendo rebotar el sonido mecánico en la cuadra desierta.
La puerta pesada cedió con un chirrido largo. Ahí estaba Walter: los anteojos colgados del cuello, los dedos manchados de aceite de máquina y esa mirada de viejo zorro del celuloide que ya no se sorprende con nada.
—Pará, loca, ¿qué pasa? Venís como si hubieras visto un fantasma —dijo, dándote paso al living-taller, un cementerio hermoso de proyectores de 16 y 35mm, bobinas oxidadas y olor a thinner.
No le hablaste. Fuiste directo a la mesa de madera donde él solía limpiar los rollos, abriste el cierre de la mochila y sacaste la lata gris. El golpe seco del metal contra la madera hizo que Walter diera un paso atrás. El óxido raspado dejaba ver las letras desprolijas: HIGHJUMP.
Walter se acomodó los anteojos con un movimiento lento, casi sagrado. Sus ojos pasaron de la lata a tus uñas esculpidas, todavía sucias con el polvillo de la posguerra.
—¿De dónde sacaste esto? —preguntó, y el tono de su voz cambió por completo, perdiendo toda la ironía de siempre—. El nitrato de los cuarenta es pólvora pura, nena. Si esto toma temperatura por el calor de las lámparas modernas, volamos con taller y todo a la mierda.
—Cállate, Walter —interrumpiste, con la respiración cortada—. La pegué en una caja de la deep web. Hay diarios del 47 y una libreta de un militar que habla de tres pilotos muertos en la Antártida, de un tal almirante Byrd. Llegué a ver un barco gigante en el hielo a contraluz. Necesito digitalizarlo o proyectarlo ya mismo. Un suscriptor que se llama Antarktikos me dijo que me voy a enterar de algo.
Walter se quedó estático un segundo, procesando la información con la pesadez de un engranaje antiguo. Miró la cinta de embalar militar reventada y el borde corroído de la tapa. Después sonrió de costado, una sonrisa seca, de trinchera.
—Antarktikos... mirá en la roña que te metiste por los cien mil suscriptores —murmuró, caminando hacia el fondo del galpón, donde un proyector Bresson de arco de carbón de los años cincuenta descansaba bajo una funda de lona gris—. Vení. Ayudame a mover el armatoste. Vamos a ver qué filmó el almirante Byrd.
Apagó las luces del taller. El único reflejo que quedó fue la luz testigo del monitor de edición, un punto verde idéntico al del chat que habías dejado atrás. El proyector arrancó con un zumbido ronco, pesado, que te vibró directo en el pecho.
El haz de luz blanca cortó la penumbra, barriendo las partículas de polvo suspendidas en el aire del taller, directo hacia la pantalla de lona blanca del fondo. Walter calzó el extremo del film de nitrato en los rodillos mecánicos con la precisión de un cirujano.
—Al suelo las cabezas —dijo, y le dio play al motor analógico.
El traqueteo rítmico y seco del proyector llenó la sala. En la pantalla blanca, la Antártida se abrió paso en un estallido de grises y negros lavados.
La filmación aérea pegó un salto brusco. La cámara ya no apuntaba al paisaje; apuntaba hacia abajo, hacia la cubierta del portaaviones. Los marineros corrían de un lado a otro en un caos absoluto, cubriéndose la cabeza. No había fuego, no había humo de artillería. Lo que congelaba el cuadro era una deformación geométrica perfecta en el centro del fotograma. Un círculo de sombra pulida, liso, suspendido a escasos metros del mástil principal, distorsionando la luz de fondo como si el aire alrededor se estuviera derritiendo.
En la siguiente secuencia de cuadros, el hidroavión de reconocimiento aparecía partido limpiamente a la mitad, cayendo hacia el mar congelado en un ángulo imposible. Sin explosión. Solo rebanado en el aire.
El silencio en el taller se volvió más denso que el humo del nitrato. El traqueteo rítmico del proyector Bresson seguía escupiendo luz, pero ni vos ni Walter respiraban. Las uñas esculpidas se te clavaban en las palmas de las manos.
La imagen en la lona pegó otro latigazo de estática y cambió de plano. Ya no era la filmación oficial desde el aire. Alguien había tomado una cámara de mano, una de esas pesadas Bell & Howell de cuerda, registrando todo desde la cubierta misma del portaaviones. La lente temblaba, salpicada por el agua salada y la escarcha.
En la pantalla, el círculo de sombra pulida se desplazó de golpe, sin aceleración, como si borrara el espacio entre un punto y el otro. Al moverse, la distorsión óptica succionaba el aire, generando un vacío que arqueaba las antenas de radio de la nave hacia adentro. Los marineros en cubierta caían de rodillas, tapándose los oídos; a través del silencio del film mudo, podías adivinar el zumbido de ultratumba que les estaba rompiendo los tímpanos.
La cámara de mano giró bruscamente hacia la barandilla de estribor. El plano captó la inmensidad del hielo y, recortadas contra el desierto blanco, unas estructuras de hormigón gris oscuro que sobresalían de la roca pelada, desafiando las leyes de la congelación. No tenían nieve encima. Parecían búnkeres o respiraderos gigantescos incrustados en la piedra viva, rodeados por una bruma de vapor térmico que subía en columnas perfectas hacia el cielo plomizo. Tenían marcas negras, runas o símbolos pintados con brea que el celuloide desgastado no alcanzaba a definir.
El último fotograma útil mostró una sombra inmensa emergiendo de la superficie del agua congelada, justo al lado del submarino USS Sennet, levantando bloques de hielo del tamaño de edificios.
Y entonces, el desastre analógico.
Un destello naranja, furioso, apagó la pantalla de golpe. El olor a vinagre se transformó en un tufo a quemado insoportable.
—¡Al suelo! —rugió Walter, empujándote del hombro hacia el piso de cemento.
El rollo de nitrato, recalentado por la lámpara del proyector, se había convertido en una mecha de pólvora. Una llamarada blanca y cegadora brotó del armatoste de los años cincuenta, devorando los rodillos mecánicos en tres segundos con un siseo violento. Walter reaccionó con la velocidad de un bombero de trinchera: agarró una manta de amianto que tenía junto a la mesa y la revoleó sobre el Bresson, ahogando el fuego antes de que alcanzara las demás bobinas del taller.
La penumbra volvió a adueñarse del galpón, interrumpida únicamente por el parpadeo verde del monitor de edición. El proyector humeaba bajo la manta, dejando un olor a ceniza química que te raspaba la garganta.
Te levantaste despacio, raspándote las rodillas contra el cemento, con el corazón golpeándote las costillas a doscientos por hora. Miraste la pantalla de lona blanca. Estaba vacía. El secreto de la Operación Highjump se había evaporado en una combustión perfecta de tres segundos.
Walter se sacó los anteojos, le temblaba la mano izquierda. Se dio vuelta, te miró fijo a los ojos y se limpió el hollín de la cara con el brazo manchado de aceite.
—Eso no eran aviones, nena —dijo con la voz quebrada, áspera—. Y la piba de los cien mil seguidores se acaba de quedar sin película.
Miraste tu mochila tirada en la silla. Adentro todavía quedaba la libreta militar con las coordenadas escritas a mano y los diarios de El Mercurio. El film se había quemado, pero el rastro de papel prensa todavía estaba vivo.-



Muy bueno
Buah Solo 😮😮😮😮 Creo que es el mejor relato hasta ahora, y eso que los tuyos particularmente ya sabes que me encantan, pero éste... Wow 😵
Esta primera parte ha sido brutal, a ver qué nos depara la segunda.
Me ha caído bien la chavala 😌💅🏻