El Mikilo.
Terminaste tu jornada laboral. Entre que apagabas la computadora, saludabas a tus compañeros y te ponías la campera, desbloqueaste el celular y abriste la app de la cuenta sueldo. Viste el monto, suspiraste y volviste a guardarlo en el bolsillo.
—¿Qué te pasa, boludo? —te preguntó Adrián, uno de los oficinistas más antiguos.
Resignado, señalando el almanaque de la pared, soltaste tu penuria:
—Mirá, loco, la fecha que estamos y casi no tengo un peso.
—Compa, todos estamos en el mismo bote —te soltó Adrián mientras te acomodabas la mochila—. Solo hay que conseguir un remo un poco más grande para ganarle al sistema.
—¿Ah, tenemos a Soros en la oficina y no lo sabía? ¿Qué remo más grande?
Él te tomó del hombro y acercó la boca a tu oreja:
—Mirá, Carlos, te lo voy a decir porque me caés bien. Ahora te paso una dirección por el celu. Haceme caso, andá ahí, hacés un rulo y llegás a fin de mes joya.
Minutos después estás en la parada del colectivo para regresar a tu casa, mirando sin mirar nada, como si al final de la avenida estuviera la solución a tus problemas. El ringtone del celu te trajo de nuevo; era el mensaje de Adrián con la dirección de una cueva. El texto era escueto y filoso como una orden:
«Florida y Lavalle, a una cuadra de la estación del subte B. Andá al mediodía, comprás dólares y los vendés. No preguntes nada ni digas que te mandé yo, suerte.»
«¿No preguntes nada?», te preguntaste. Justamente eso. ¿Cómo ibas a hacer una operación de compraventa de dólares sin preguntar a cuánto cerró?
Abriste de nuevo la app del banco. Otra vez ese escueto saldo. Sacaste unas cuentas al aire y, como si supieras lo que estabas haciendo, soltaste un: «Ya fue, peor no voy a estar».
Dicho esto, el rumbo cambió. Eran las 12:30 del mediodía; si te tomabas el subte, en treinta minutos llegabas, cumpliendo con lo que te había dicho tu compañero de ir al mediodía.
—Próxima estación, Florida —sonó en el parlante del vagón.
Bajaste del subte y tomaste la escalera mecánica de la salida que te dejó ahí, en la calle del mismo nombre. Diste un par de pasos y una cachetada de realidad te dio de lleno. ¿Adónde tenías que ir? La peatonal estaba llena de turistas sacándose fotos, oficinistas yendo apurados de acá para allá, bicicletas de repartidores y un ejército de “arbolitos”, esos hombres y mujeres que juran tener el mejor precio para cambiar divisas.
Llegaste a la dichosa esquina y giraste 360 grados, como si fueras un turista en tu propia ciudad.
—¿Tenés fuego, pibe? —te preguntó el que parecía un viejo por su barba y su cara curtida. Vestía una campera negra de montaña, pantalones chupines y borcegos del mismo color, mientras te señalaba una pipa de madera.
—No, no fumo, perdón —contestaste, mientras tus ojos seguían buscando eso que no sabías qué era.
—¿Estás perdido? —insistió el extraño.
Negaste sin mediar palabra y te fijaste la hora en el teléfono: 12:40. «Pelotudo, ¿dónde mierda es ese lugar?», descargaste tu angustia mandándole un audio a tu compañero de oficina.
Un frío extraño te recorrió la espalda frente a una galería de esas que alguna vez tuvieron miles de clientes y empleados, pero que hoy lucía oscura, deshabitada y en un silencio denso, como de siesta de pueblo. Justo al lado de la entrada, un cartelito de neón parpadeaba con una luz blanda, casi algodonosa, que te llamaba desde la penumbra: CAMBIO. Mejores precios a ciudadanos argentinos. No haga caso a la calle, pase.
El WhatsApp de Adrián vibró en tu mano con una sola oración:
«La de la galería vieja, boludo.»
Ya no había excusas.
Pasaste al lado del viejo de la pipa golpeándole el hombro con dirección a la antigua galería.
—Yo que vos no iría para ahí —te dijo—. Ahí está el Mikilo.
—Mirá, viejo loco, no jodas o llamo a la policía —le dijiste, mirándolo fijo a los ojos.
—Hacé lo que te dé la gana —dijo mientras sacaba un encendedor del bolsillo de la campera—. La verdad que ya me cansa un poco andar de acá para allá avisando giles.
Acercó la llama y prendió el tabaco de la pipa. Soltó una bocanada densa y dulzona que flotó entre el smog de la peatonal.
—¿Pero no te llama la atención que tenés la necesidad de meterte en una cueva de hormigón a hacer un movimiento de guita teniendo un montón de personas acá afuera que ofrecen lo mismo? El Mikilo te está llamando, nene.
Te diste vuelta con rabia, pero el humo denso y dulzón del tabaco te nubló la visual por un segundo. La voz del viejo seguía sonando rasposa, pegada a tu oreja, cortando el ruido de las bocinas de la avenida.
—¿No conocés al Mikilo, pibe? —siguió el de la barba, acomodándose la capucha—. Un duende de la siesta. En el norte te esperaba en los cañaverales cuando los viejos dormían. Te llamaba con un silbido de pájaro y te ofrecía un trato. Te mostraba dos manos, pibe. Una de lana, suave, liviana, la que te daba ganas de tocar. Y la otra de plomo, negra y pesada como la noche. Si elegías la de lana por codicia o por curioso, el bicho le cerraba la de plomo en la nuca y lo dejaba seco en el barro.
El viejo le dio otra pitada a la pipa y la brasa naranja iluminó la ironía de sus ojos curtidos.
—El bicho se avivó y se mudó al microcentro. Entendió que acá la siesta dura las veinticuatro horas en la cabeza de los giles como vos que andan en piloto automático. Se te mandó a buscar la mano de lana, pibe. La app del banco te dio un chucho de frío, te asustó el almanaque y ahora vas corriendo a buscar la plata fácil, el rulo milagroso, lo blando. Te metés en ese pasillo a oscuras pensando que le ganás al sistema por una avivada... y adentro te espera el plomo. El apriete de la cueva, la deuda que no se paga más, el vacío de cemento. Pensalo, nene. Ninguna lana es gratis en este monte de silicio.
Miraste el pasillo de la galería. El cartel de neón seguía parpadeando con esa luz algodonosa, casi hipnótica, llamándote. Volviste a mirar el celular: el texto de Adrián seguía ahí, flotando en la pantalla como un anzuelo.
Tragaste saliva. El corazón te zapateaba contra las costillas y el estado de la cuenta en rojo te quemaba el bolsillo.
—¿Sabés qué? Vamos a que lo veas vos mismo —dijo, tomándote del brazo con una fuerza que no parecía la de un viejo.
—Pará, loco, pará. ¿Qué mierda te pasa? —le dijiste, cruzando la entrada de la galería a los tropezones, queriendo zafar del agarre.
—¿Escuchás? —dijo él, mientras te soltaba de golpe.
—¿Escuchar qué? —dijiste, acomodándote la manga del saco fastidiosamente—. Si no se escucha nada.
—Exacto, pibe —susurró el de la barba, inmóvil en la penumbra del pasillo—. Nada.
Afuera quedó el bullicio de la peatonal, las bocinas del tráfico, todo. Un silencio sepulcral llenó el lugar, apenas iluminado por unos tubos fluorescentes que parpadeaban. El piso humedecía tus zapatillas y el dulce aroma de tabaco hacía soportable el olor a humedad que pretendía meterse por tu nariz.
Al fondo del pasillo había una especie de mostrador con una lámpara sin plafón. La luz rudimentaria iluminaba a un pequeño hombre con gorra de visera y un pulóver de lana de guanaco. Te pareció ver que del sombrero sobresalían dos orejas puntiagudas, pero la luz parpadeante te hizo dudar.
—¿Cambio? —dijo el hombrecito con una voz aguda y desagradable.
Titubeaste un «sí», pero el viejo de la pipa puso su pesada mano en tu hombro y te afirmó con una seriedad que hizo sentir que el tiempo se detenía:
—Acá ya no tenés que dudar, pibe.
El viejo miró al tipejo del mostrador con un odio antiguo, que parecía venir de toda la vida.
—¿Transferencia o efectivo? —preguntó el ser del mostrador.
—Transferencia —dijiste, un poco envalentonado por el peso de la mano del viejo en tu hombro.
El petiso sacó una vieja notebook de abajo del mostrador y te miró fijo mientras sus dedos cortos tipeaban sobre el teclado gastado.
—¿Vas a comprar o vender?
—Compro cien dólares —dijiste, dándote vuelta instintivamente para buscar el apoyo de la peatonal, del ruido, de algo conocido.
Pero el pasillo ya estaba completamente devorado por la penumbra. El hombrecito te pasó un papel mugriento con un alias y un CBU. Con los dedos helados y sudados, entraste a la app de tu banco, cargaste los datos y transferiste hasta el último peso que te quedaba del mes. El saldo de tu cuenta sueldo pasó a un cero absoluto y seco.
—Listo —dijo el tipo de la gorra de visera, clavando un último click en el teclado gastado de la notebook. El ruido del botón sonó idéntico al chasquido de una rama seca en medio del monte.
Miraste la pantalla del celular. La notificación del banco no tardó en caer: Transferencia recibida por USD 100. El número brillaba en la pantalla con un verde digital, hermoso, liviano. Sentiste un alivio blando, acolchonado como la lana, aflojándote el pecho. Le habías ganado al almanaque de la oficina, tenías tu rulo. Sonreíste y miraste al viejo como diciendo «viste que no pasaba nada».
Pero el viejo de la pipa no te devolvió la sonrisa. Seguía mirando fijo al mostrador.
Quisiste tocar la pantalla para operar de nuevo y pasar esos dólares a la billetera virtual para hacer la diferencia, pero la aplicación del banco se congeló en un bucle eterno. El verde desapareció. En su lugar, un cartel rígido, rojo y pesado te bloqueó la pantalla: Cuenta suspendida por actividad inusual. Fondos retenidos bajo investigación judicial.
Trataste de actualizar la app, de tocar los botones, pero el teléfono no respondía. Se había transformado en un bloque de plástico congelado.
—Che... se me trabó la cuenta —dijiste con un hilo de voz, buscando al hombrecito del pulóver de guanaco.
Pero el mostrador estaba vacío. La lámpara sin plafón parpadeaba sobre la madera gastada y el pasillo de la galería parecía haberse estirado hacia la oscuridad infinita de la siesta. Al lado tuyo, el viejo soltó una última bocanada de humo denso y dulzón antes de acomodarse la campera de montaña.
—Te lo avisé, nene —susurró, con una lástima seca—. La lana es para los ojos. El plomo siempre te cae en la nuca. Vamos, te invito un café —te dijo, saliendo de la vieja galería.-



Sabía que esto no iba a acabar bien 😭
No he entendido muy bien como funciona lo de los dólares 🫣 pero vaya, si el comienzo era triste con el poco dinero en la cuenta, el final lo ha sido más con la cuenta bloqueada :(